Odisea entre Koh Samui y Georgetown

Autobus urbano, Surat ThaniComo ya os contamos en el post anterior, estábamos a punto de abandonar la isla de Koh Samui que no había conseguido conquistar nuestros corazones. Después de haber barajado la posibilidad de pasar unos pocos días más en Tailandia en el parque nacional de Kao Sok, que descartamos debido al presupuesto y sobre todo porque no nos apetecía pasar 2 o 3 días en medio de la jungla, decidimos que ya había llegado la hora de cruzar la frontera y llegar a Malasia.

Parecía pan comido: se coge un ferry, se llega a Surat Thani en la costa y se usa algún tipo de transporte terrestre hasta nuestra próxima etapa: Butterworth (ya en territorio malayo y con fácil acceso a Georgetown y la isla de Penang).
Sobre el papel todo sencillo, pero en la práctica no fue exactamente así.

Nos dimos cuenta pronto, después de una rápida investigación en internet y en el centro de Bo Puht en Ko Samui, que los ferrys para Surat Thani estaban sincronizados con trenes y autobuses que ponían rumbo al norte, hacia Bangkok, pero no lo estaban tanto con los transportes hacia el sur de Tailandia y Malasia.

Una vez llegados al continente, las posibilidades eran dos: o bien cogíamos un tren nocturno hacia Butterworth o bien saltábamos de un minibus a otro en 3 o 4 etapas durante casi 9 o 10 horas para llegar directamente a la isla de Penang (que está conectada con la península de Malasia a través de un puente). La idea de pasar medio día metidos en un minibus con otras 10 personas, el aire acondicionado a tope y muy poco espacio no nos gustaba nada. Además, habíamos oído criticas muy malas sobre las compañías que organizaban estos traslados por carretera, con historias sobre hurtos y desapariciones de equipaje. Y para ser sinceros, costaba incluso más caro que el tren!
Así que decidimos organizar el viaje nosotros mismos probando con el ferrocarril. El único potencial problema era que no hubiera billetes disponibles una vez llegáramos a la estación de Surat Thani, pero quisimos ser optimistas 🙂

Mapa OdiseaDespués de un desayuno rápido en el hotel y una ducha, nos echamos las mochilas a los hombros y nos fuimos andando hasta las afueras de Bo Puht, a la carretera que rodea todo Koh Samui, para coger uno de los famosos pick-up rojos que hacen de autobuses locales. El primero que pasó, después de una breve negociación, aceptó llevarnos hasta el puerto de Nathong con un pequeño descuento de 50 bahts (la tarifa original eran 300 bahts para dos personas). Cuando llegamos a Nathong anduvimos hasta las oficinas de la compañía de ferrys Seatran y compramos dos billetes combinados (barco + autobús) hacia el centro de Surat Thani. En total nos costaron 230 baht por persona.

El barco salió puntual y la travesía de poco más de una hora fue agradable, sobre todo mientras nos acercábamos al puerto de Donsak porque la costa lucía peculiares formaciones rocosas de cal cubiertas de vegetación, típicas de los folletos turísticos tailandeses.

Pescadores en el Golfo de Tailandia

Llegada desde Koh Samui

El autobús de la compañía ya nos estaba esperando y casi una hora después nos dejó en el centro de Surat Thani (que como descubrimos en esos días no estaba en la costa, a pesar de que todos los ferrys la señalaran como destino final).

De Koh Samui a Surat Thani

Aquí nos encontramos con la primera (y afortunadamente pequeña) dificultad del día: no teníamos la menor idea de donde estábamos con respecto a la estación de trenes y el conductor del autobús nos acababa de soltar “casualmente” justo delante de una agencia de viajes que organizaba pasajes a Hat Yai (nudo logístico del sur de Tailandia) y Georgetown. Enseguida los operadores turísticos intentaron averiguar adonde nos dirigíamos y conseguir guiarnos como ovejass perdidas hacia el interior de la agencia, donde nos hubieran vendido un carísimo billete hacia no-se-sabe-bien-dónde-no-se-sabe-bien-cuándo.
Pero esta vez estábamos preparados: era nuestra segunda visita a Tailandia y los 20 días que llevábamos sobre el campo de batalla nos permitieron evitar la trampa e ignorar olímpicamente las ofertas de los operadores turísticos. Nos alejamos con paso seguro (solo para aparentar) hacia el cruce mas cercano y… ¡bingo! Un cartel enorme nos indicaba que la estación de autobuses estaba a pocos metros. En ese momento un anciano sentado en una esquina nos lanzó un cálido saludo, decorado por una sonrisa sin dientes pero sincera y una mano flaca y arrugada que acompañaba el tierno “bye-bye, bye-bye” del abuelete. ¡La mar de simpático!

Sabíamos que la estación de ferrocarril de Surat Than (al igual que su puerto) no estaba en efecto en Surat Thani, sino en un pueblo cercano. Este pueblo se llamaba Phun Phin, y teniendo en cuenta el estado miserable en el que se encontraban los autobuses locales y considerando el nombre algo onomatopéyico de nuestro destino, empezamos a asumir que las probabilidades de sufrir algún percance durante el camino estaban aumentando…

En la estación de autobuses fuimos rápidamente atrapados por una señora que posiblemente había visto nuestras caras de circunstancia y algo perdidas y decidió ayudarnos. Le bastó con escuchar las palabras “train” y “station” y nos condujo segura hasta el autobús más viejo y destartalado de toda la zona. En el autobús iban ya montados algunos lugareños y un monje budista, pero no había ni rastro del conductor. Nos sentamos como pudimos en los minúsculos asientos de dos plazas en los que como mucho entraba uno de nosotros con su mochila y nos dispusimos a esperar con paciencia la evolución de los hechos.

En unos pocos minuto aparecieron el conductor y el revisor y el bus dejó la estación entre una nube grisácea de gases de escape. Pagamos los 30 bahts de billete (15 por persona) justo antes de que el autobús fuera completamente invadido por chiquillos a la salida del colegio y yo (Francesco) perdiera completamente la posibilidad de mover nada que no fueran mi cuello o mi cabeza durante el resto del viaje: casi una hora para recorrer 14 km… no está mal, jaja.

Autobus urbano, Surat Thani

A decir verdad, pese a que el autobús fuera incómodo y ruidoso y estuviera lleno hasta los topes, el viaje fue una gozada. Yo estaba sentado al lado de una chica un poco regordeta que buscaba sin éxito no terminar sentada en mi regazo a cada curva (hay que admitir que aunque la chica hubiera sido un espagueti, entre mi mochila y el tamaño del asiento posiblemente hubiera estado encima de mí durante todo el viaje en cualquier caso). María estaba sentada alguna fila más atrás, aplastada en una esquina entre toda la gente que literalmente saltaba desde y encima del autobús en marcha.

De Surat Thani a Phun Phin

No hace falta decir que el bus carecía de aire acondicionado y solo disponía de ventilación natural gracias al hecho de que todas las ventanillas estaban bajadas. Generalmente ambos preferimos que así sea, pero esta vez el aire me quitó la gorra y, con los brazos atrapados en la barandilla, la mochila encima y mi compañera de viaje bien pegada a mi, no pude hacer nada más que mirarla mientras volaba hacía atrás entre las manos de los chiquillos que se disputaban el honor de cazarla al vuelo. Agradecí el bonito gesto mientras recibía mi preciada gorra y sonreí a todos los pasajeros de alrededor que divertidos habían contemplado la escena.

Llegamos sanos y salvos a la estación de Phun Phin unas 8 o 9 horas antes de la salida del tren nocturno que llegaba de Bangkok a la 1.30 de la madrugada con dirección a Malasia. En la pequeña taquilla de la estación nos encontramos con la segunda dificultad del día. En cuanto dijimos al taquillero “dos billetes para Butterworth en el tren nocturno, segunda clase, por favor”, él nos contestó arrugando los ojos, cerrando los dientes y aspirando el aire por la boca con el inconfundible sonido “iiiisssssssssshhhh” que normalmente precede a una mala noticia. Tecleó algo en el ordenador, movió la cabeza como diciendo que no, le dio la vuelta a la pantalla y nos dijo: “lo siento, solo hay una litera disponible”. ¡PUM! Fue como recibir un guantazo. Nos recompusimos rápidamente y preguntamos si había dos literas en primera. No. Solo literas de segunda. ¿Dos asiento en tercera? No, el tren solo tiene literas, nada de asientos. Pánico.

Nos veíamos pasando la noche en un hotel cutre en la “más que famosa” Phun Phin, cuando el taquillero (que Buda lo tenga en su gloria) nos sugirió una alternativa: podíamos comprar dos billetes en el tren de noche hasta Hat Yai, en ese mismo tren, y luego, una vez llegados allí a la mañana siguiente, bajarnos, comprar dos asientos de segunda clase de Hat Yai a Butterworth y volver a subirnos al mismo convoy.

Nos explicó que el tren que pasaría por Phun Phin se separaría en Hat Yai: una mitad seguiría hacia Malasia (la mitad que tenía solo una litera disponible), la otra se quedaría en Hat Yai (y tenía un montón de plazas libres). Sin dudarlo decidimos comprar dos billetes para Hat Yai en el tren nocturno (1192 bahts en total) y usar la media hora de parada para bajar del tren, comprar el pasaje hasta Butterworth y volver a subirnos al mismo tren. Parecía factible.

No quedaba otra cosa que pasar de alguna manera las 8 horas restantes hasta la salida del tren en un sitio donde la mayor atracción era el 7-Eleven abierto todo el día. De algún modo lo conseguimos. Comimos en un restaurante cutre, pero con precios honestos, navegamos un poco en internet gracias al Wi-Fi gratuito del restaurante y finalmente hicimos una breve parada en el 7-Eleven a comprar algunas provisiones para la cena y el desayuno. Después de esto, aún nos quedaban 5 horas. Las pasamos sentados en un banco de la estación… leyendo, charlando y entablando amistades con los personajes que pasaban por allí.

Nos vamos a Malasia

Al principio se nos acercó un francés dicendo que él, su mujer y su hijo pequeño querían ir a tomar un café (el niño esperamos que no) al bar de la estación y querían saber si podían dejar sus equipajes con nosotros para que los controláramos. “No worries!” – les dijimos – “Estaremos aquí durante las próximas 5 horas…”. Acto seguido el francés dejó su mochila y fue a por los 137 bultos más que llevaba, para dejarlos aparcados delante de nosotros. La mujer insinuó un “senk iu” con una tímida sonrisa y desaparecieron. O el bar de la estación estaba en Surat Thani (que no sería de extrañar ya que la estación de Surat Thani está en Phun Phin…) o el café que pidieron era de litro y medio, total que con esta muralla de mochilas, maletas y bolsas atrajimos la atención de un chico indonesio con la camiseta del AC Milan que también estaba esperando un tren, pero en su caso rumbo al norte del país. Quizás solo quería entender que podía haber en todas esas maletas, o quizás solo quería charlar un rato con alguien ya que él viajaba solo, pero fue un alivio tenerlo al lado un rato.

Era muy majo, propenso a la sonrisa y su compañía hizo que esa hora pasara volando. También estaba de viaje por Asia y tenía un billete de vuelta a Jakarta desde Saigón en unos pocos meses: deseamos que esté todavía de viaje y que haya podido pasar momentos inolvidables.
Nosotros le regalamos una sorpresa (imaginamos que así fue viendo su cara) cuando los franceses volvieron de su expedición en búsqueda del café perdido y se llevaron todas sus pertenencias. El chico indonesio nos miró con cara de asombro y dijo que pensaba que eran nuestras. Le expliqué la situación y se sorprendió aún más al saber que alguien pudiera dejar todo su equipaje en manos de dos desconocidos, extranjeros dos veces (ni franceses, ni tailandeses) y desaparecer durante un par de horas. Bueno, fue motivo de otra risa juntos antes de que el recogiera su mochila y se montara en el tren hacia Bangkok que mientras tanto había hecho su entrada en la estación.

Estación de tren de Phun Phin

Y finalmente llegó el último personaje del día. No recordamos su nombre, pero sabemos que era inglés, tenía el pelo rojizo y se parecía muchísimo (por lo menos en la cara) a un buen amigo nuestro, Stefano T. (el mismo que citamos en la entrada “los caminantes” y responsable de que nos conociéramos). De ahora en adelante le llamaremos Stephen. Stephen llegó a la estación ya bastante pedo, considerando la cantidad de alcohol que nos dijo había ingerido de camino a Phun Phin, pero nos aseguró que no era su intención emborracharse…solo había pasado, sin más. Dicho esto, sacó una botella de whisky de la mochila y: “cheers mate”, volvió a beber. Ya, son cosas que pasan sin que uno realmente quiera…te aparecen botellas de whisky en la mochila y qué haces, ¿no las bebes? Pues claro que sí. Le entendimos… Lo que no entendimos fue toda la serie de monólogos que sacó a continuación, con su slang inglés empeorado por el alcohol y el cansancio del viaje. María enseguida se abstrajo de la conversación en sentido único que estaba teniendo lugar delante de nosotros, pero yo intenté aguantar. Solo creo haber entendido que era instructor de submarinismo, que estaba en Koh Tao y que se dirigía a Georgetown para encontrarse con Russell (no sabemos quien era este personaje), que le tendría que haber organizado su permanencia en Malasia, su visado y las inmersiones. La historia parecía funcionar de alguna forma, así que la di por buena.

Y por fin llegó. Con casi hora y media de retraso, pero llegó. En principio nos preguntamos cuanto sería de larga la parada en Hat Yai y si ese retraso nos habría permitido de todas formas bajarnos del tren a por los billetes y volver a subirnos, como nos había sugerido el taquillero. Pero ambos estábamos agotados debido a la larga espera, así que nos despedimos de Stephen (el listo de él tenía un pasaje en litera directo hasta Butterworth), encontramos nuestro coche y nos tumbamos en nuestra pequeña pero cómoda litera para dormir algunas horas.

Trabajo nocturno en Phun Phin

mappa odissea 4

El viaje fue rápido y sin imprevistos. Por la mañana buscamos al revisor para preguntarle cuanto duraría la parada en Hat Yai y nos dijo con aire seguro que tendríamos todo el tiempo del mundo para bajar a comprar los billetes. Nos aseguró que nos indicaría a la llegada donde dirigirnos para comprarlos y así agilizar todo el proceso. Una señora que viajaba con nosotros en compañía de su hija vio que estábamos algo inquietos debido al espectáculo logistico que estábamos a punto de poner en escena y se nos acercó preguntando como estábamos, de dónde veníamos y a dónde nos dirigíamos. Una vez obtenida todas las respuestas nos entregó una botella de agua y nos dijo que quería que la tuviéramos nosotros, ellas había llegado a su destino y no la iba a necesitar, pero nosotros sí. No se sabe bien como, pero la gente en Asia tiene la capacidad de sorprenderte con estos pequeños detalles extraordinarios. Puede ser que estas cosas sucedan en Europa y otros sitios también, pero viajando por Asia pasan casi un día sí y el otro también. Este también es uno de los motivos por los que adoramos el sureste asiático (sniff-sniff).

Llegados a Hat Yai saltamos al andén, el revisor nos indicó la taquilla con el dedo y corrimos hacia esa dirección esperando no encontrar cola. Tuvimos justo el tiempo de darnos la vuelta y saludar a la señora de la botella y su hija, que nos devolvió el saludo con una marcada reverencia con las manos juntas a la altura del pecho (que tierna). Afortunadamente la taquilla estaba casi vacía, conseguimos nuestros billetes para Butterworth por 332 bahts por persona y corrimos de nuevo hacia el tren. No digo que llegamos a montarnos en marcha, pero no acabábamos de tomar asiento que el tren ya se estaba moviendo. ¡Menos mal!

El camino de aquí en adelante fue fácil, las formalidades en la frontera fueron rápidas y sin obstáculos y el tren consiguió incluso recuperar parte del retraso, así que llegamos solo 10 minutos después de la hora prevista. Estábamos en Malasia.

Este último tramo hubiera sido casi perfecto si un personaje (que de ahora en adelante llamaremos El Gilipollas) no hubiera hecho méritos para intentar fastidiárnoslo. Vamos por orden.

El Gilipollas era un anglófono que en apariencia vivía no se sabe bien donde en Asia y  hablaba el idioma de las personas que viajaban a su lado (ignoramos si eran tailandeses o malayos). Un dato: en este tren nosotros no teníamos un billete numerado, podíamos sentarnos en cualquier asiento libre, así nos dijeron en la estación y así lo hicimos. El problema fue que en la frontera teníamos que dejar el tren llevándonos todas nuestras pertenencias para pasar la aduana y una vez de vuelta al tren no sabíamos exactamente donde íbamos sentados antes, ni donde sentarnos en ese momento. Fuimos casi los primero en pasar y en el tren todavía había un montón de asientos libres, ya que muchos pasajeros todavía estaban en la aduana. Preguntamos al revisor donde sentarnos y el nos indicó dos asientos y allí nos sentamos.

Cuando todos volvieron del control fronterizo, descubrimos que íbamos sentados en los asientos asignados a un grupo de personas y hubo algún momento de agitación. Entendimos que había algo que no cuadraba porque los señores estaban tardando demasiado en sentarse, miraban sus billetes, luego nos miraban a nosotros…hicimos intención de levantarnos para dejarles sitio, pero el revisor nos dijo que nos quedáramos quietos donde estábamos y envió el grupo a los asientos de la fila de detrás, sentando además a dos mujeres malayas enfrente de nosotros, que posiblemente no iban sentada allí en el tramo anterior del viaje.

Aquí entra en escena El Gilipollas. El estaba sentado al lado de los señores a los que hablamos “robado” el asiento, se puso a hablar con ellos en un idioma que no entendimos (los señores en cuestión no hablaban inglés) y luego se puso a mirarnos fijamente con aire de reproche y casi asqueado. María se puso nerviosa y le preguntó cual era el problema. A esto El Gilipollas dijo que el problema éramos nosotros, que estábamos sentados en el asiento equivocado. Le expliqué que, no teniendo asiento numerado, el revisor nos había sentado allí y que no teníamos ninguna intención de robarle el sitio a nadie, que podíamos levantarnos y que los señores tomaran los asientos que estábamos ocupando. Para nosotros no era ningún inconveniente, iríamos a buscar sitio en otra parte del tren.

El Gilipollas, en lugar de traducir todo esto a sus vecinos, decidió decirnos que ellos eran demasiado educados para dejarnos levantar y que nosotros éramos dos turistas maleducados que no tenían la menor intención de incomodarse. Nos quedamos de piedra. Todo esto pasó con los señores de al lado visiblemente incómodos con la situación y las dos mujeres malayas también muy avergonzadas. No entendían lo que sucedía pero las miradas entre nosotros y El Gilipollas eran cortantes y el tono de la conversación todo menos que amistoso.

Decidí levantarme para ir a hablar con ellos en inglés y decirles que nos íbamos encantados y que ellos podían comodamente volver a tomar asiento en sus plazas asignadas. Lo intenté lo mejor que pude, hice reverencias, les indiqué los asientos, les hablé con una sonrisa sincera en la cara, el ademán dolido y una mano en el corazón. Quería que entendieran que sentíamos mucho todo eso y que se podían sentar donde más les placiera, nosotros encontraríamos otros asientos. No hubo manera. En eso El Gilipollas tenía razón: por su educación, era muy poco cortés hacernos levantar y preferían quedarse donde estaban para no incomodarnos.

Volví a “mi” asiento para descubrir que El Gilipollas todavía nos miraba fijamente…y llego el momento en el que su estupidez se mostró en todo su esplendor. Miró a María durante un rato y luego le soltó un sonido de esos que hacen los niños, algo en plan “ñe-ñe-ñe” sacando la lengua. No hizo falta nada más. Nos levantamos, saludamos a las dos señoras sentadas delante de nosotros (estamos seguros de que pensaron que nos íbamos por su culpa, ya que no habían entendido una palabra de todo lo que se dijo en ese coche) y con una sensación de angustia y malestar nos mudamos al coche de al lado. El Gilipollas nos hizo sentir verdaderamente incómodos y es muy decepcionante e injusto pensar que la única persona que nos ha hecho sentir fuera de lugar y tan mal en este viaje ha sido un europeo que, por el simple hecho de vivir en Asia, pensaba poder juzgar a todos los no-asiáticos que se encontraba.

A punto de llegar a nuestro destino pude contemplar (María estaba muy centrada en la lectura) unas montañas casi encantadas. No sabemos como se llaman y no sabría localizarlas en un mapa, pero sé que me parecieron irreales. Desde una llanura cubierta de palmeras surgían, dos o tres, separadas entre ellas, como monolitos gigantes empujados desde las entrañas de la tierra por una fuerza sobrenatural y que con el paso de los siglos se han cubierto de una vegetación cerrada que en las laderas dejaba entrever la roca. Eran majestuosas. Dudo que las guías de viaje las señalan, pero a mi me parecieron bellísimas.

Bueno, ya estábamos en Butterworth. La odisea había casi terminado. Bajamos del tren y nos dirigimos al embarcadero del ferry que por solo 1,4 Ringgit malayos (más o menos 35 céntimos de euro) nos llevaría a Georgetown, nuestro próximo destino.

Volvímos a ver a El Gilipollas, que se acercó para preguntarme (justo enfrente de la taquilla de venta de los billetes del ferry) donde se compraban los billetes (a lo que yo contesté con cara de póker “donde pone ‘billetes’…”), y a nuestro amigo Stephen de Phun Phin, que en apariencia se había recuperado (por lo menos fisicamente…) de la borrachera y estaba yendo hacia el centro a buscar al fantástico Russell.

Le volvimos a ver también en los días siguientes, por ahí en Georgetown…y cada vez que nos cruzábamos con él estaba bajo los efectos del alcohol y buscando desesperadamente a Russell. Stephen, no podemos decir que fue un placer conocerte, pero tú también has formado parte de nuestro (demasiado breve) viaje por Asia. Deseamos que hayas encontrado a Russell 😉

Aquí termina el largo y épico viaje (¡28 horas!) de Koh Samui a Georgetown, con el que decimos adiós (de momento…volveremos, estamos seguros!) a Tailandia y empezamos a explorar – de nuevo – Malasia.

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Un comentario en “Odisea entre Koh Samui y Georgetown

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