Namibia 2016

Hace más o menos 15 años, siguiendo la pasión de mi padre por las novelas de Wilbur Smith, saqué de la estantería de su despacho un libro de éste autor africano que se titulaba “The Burining Shore”, Costa Ardiente. El libro trata de las aventuras de una joven mujer francesa que, estando embarazada, sufre un naufragio en el Atlantico, de camino a Sudafrica, tierra natal del padre de su futuro hijo, donde ella quería que éste naciera.

La costa ardiente donde se encuentra una vez a salvo de las olas es la Skeleton Coast de Namibia, famosa por su aire espectral, su niebla traicionera y sus aguas mortíferas que tantos naufragios han ocasionado en la historia de la navegación.

Si no habéis leído nada de Wilbur Smith hasta hoy, os invito a probar: este hombre no solo es capaz de crear libros que se devoran en unos pocos días, llenos de acción, intriga y pasiones. También sabe pintar con palabras unos cuadros tan maravillosamente realistas que el lector se ve transportado en los paisajes que él describe con tanta potencia.
Fue leyendo The Burning Shore que por primera vez sentí la llamada de Africa.

Hace 15 años decidí que antes o después tenía que ir a Namibia, tenía que pisar esa costa salvaje y siniestra, hundir mis pies en la arena ardiente de ese desierto ancestral.

Quince años he tardado en cumplir ese sueño juvenil. Quince años para finalmente bajar de un avión y pisar por primera vez un trocito de Africa Negra  y estar en Namibia.
La espera mereció la pena…y mucho.

Llegamos a Windhoek, la capital de Namibia, después de una larga pero agradable escala en Doha. Allí nuestra amiga Eva y una compañera suya nos dieron un paseo turistico por los sitios más emblemáticos de la ciudad y nos llevaron a cenar al Souq Waqif, el antiguo mercado (restructurado)…todo un puntazo, sobre todo si os gusta la carne! 😉

No pasamos demasiado tiempo en Windhoek, solo lo estrictamente necesario para dar un paseo corto por el centro, ver que se cocía (no mucho), probar las carnes más típicas del país (cebra, kudu, springbok, oryx…todos espléndidos animales…y deliciosos!;)) y recoger nuestro supercoche. La carretera nos llamaba, no había tiempo para hacerse los perezosos en la ciudad: directos a lo salvaje!

Ahora hay que hacer un pequeño paréntesis: he dicho supercoche y no es para exagerar.
Nunca he tenido demasiado interés en los coches: de hecho nunca he tenido uno propio. Si alguien me hubiera preguntado que coche me hubiera gustado tener, probablemente le hubiera dicho que una VW California, en plan campervan, para vivir en ella y recorrer el mundo con María.

Buah, chorradas…eso lo dicen los que no han conducido nunca un Toyota Land Cruiser. Fiable. Solido. Imparable. El Coche Definitivo.
Quiero uno…no sé como pagarlo, pero quiero uno…ya! (con tienda de campaña en el techo…y fin del paréntesis)

Supercoche

Decidimos dirigirnos primero hacía el norte. No se bien porque, muchos nos comentaron haber empezado tirando hacia el sur, posiblemente para dejar el Etosha para el final, como guinda sobre el pastel. Pero la temporada de lluvias se nos echaba encima y se supone que cuanto más llueve, más difícil es ver animales.

Tenía miedo de que, al ir por nuestra cuenta, sin guía ni ninguna excursión o safari organizado reservados, no íbamos a ver ni medio animal, pero mis miedos no estaban para nada justificados. Estuvimos recorriendo el Etosha National Park durante tres días, en los cuales tuvimos muchísimos encuentros con animales de todo tipo: leones, elefantes, antílopes de toda clase, cebras, ñus y hasta conseguimos ver un escurridizo guepardo y tres rinocerontes blancos. El único de “los grandes” que nos faltó por ver fue el leopardo, pero eso ya lo teníamos en cuenta, ya que suele ser bastante timido y tiende a moverse solo por la noche.

Vida salvaje a parte, que es una autentica maravilla, el parque del Etosha es un espectáculo para todos los sentidos. Una enorme llanura reseca, manchada de arbustos y arboles bajos y delgados; tierra quemada por el sol, donde animales majestuosos viven totalmente libres, dejándose admirar por nosotros bobos desde dentro de nuestros coches.

Leon, Etosha

Familia avestruz

Elefante, Etosha

Cebras, Etosha

Ibamos a quedarnos dos noches, pero entre que nos encantó explorar el parque y que durante la tarde del segundo día cayó un diluvio que nos dejó calados de arriba a abajo, decidimos prolongar una noche más y dedicar otro día entero a la búsqueda de animales.

Rinoceronte blanco, Etosha

El gigante del Etosha

El Rey

Estábamos acampados en Halali, en el centro del parque, por lo que el primer día optamos por recorrer la región oriental del parque, hasta el campamento de Namutoni, y el segundo día la occidental, alrededor de Okaukuejo. Lo único malo del parque es que no se puede bajar del coche, bajo ningún concepto, excepto en los campamentos y en las zonas de descanso. La razón es obvia: fuera del coche, el turista es una presa…una presa que ni sabe volar, ni sabe correr muy rapido, ni va con una manada muy numerosa, ni es muy fuerte. Total, que uno se pasa el día conduciendo. Si eres el conductor, como yo, hasta llegas a disfrutar, con esas carreteras de grava en el medio del bush africano (y más si tu coche es un pedazo de Land Cruiser…madre mía que bestia…vale, ya lo dejo). Pero si eres el copiloto, la cosa llega a ser algo aburrida después de unas cuantas horas encerrado en el vehículo. Así que después de 3 días y 3 noches, nos despedimos del Etosha para poner rumbo al sur. La siguiente etapa fue Swakomund, ciudad costera de sabor tan marcadamente colonial que en algunas de sus calles se puede tener la sensación de estar en alguna ciudad Alemana. Tardamos casi todo el día en llegar, pero el recorrido es muy bonito, sobre todo una vez dejado atrás Otjiwarongo; el paisaje se hace más movido, aparecen montañas de la inmensidad del desierto y si se tiene la suerte de llegar cerca de la costa al atardecer, la neblina y la arena juegan con la luz dejando en el aire colores muy cálidos y suaves.

Llegando a Swakopmund

Swakopmund fue solo el punto de partida de nuestra breve pero intensa exploración de la Skeleton Coast, hasta llegar a Cape Cross. El paisaje salvaje, la carretera de sal, las olas incansables y la niebla empujada hacia la orilla por un mar impetuoso hacen que el trayecto hacia el cabo resulte una experiencia casi onirica. El final del recorrido fue la ruidosa, maloliente y abarrotada colonia de focas de Cape Cross: un espectáculo de la naturaleza que merece absolutamente la pena disfrutar a pesar del hedor horrible que estos animales desprenden.

Skeleton Coast

Wild Skeleton Coast

Cape Cross

Focas alteradas

Después de gozar de nuevo del aire espectral de la costa de los esqueletos, de vuelta hacia Swakopmund, seguimos nuestro camino por la carretera panoramica que une esta animada ciudad costera con su vecina más relajada: Walvis Bay.

Si cabe, este tramo de costa es aún mas impactante que el que queda al norte de Swakopmund. Aquí las dunas naranjas del desierto del Namib empiezas a asomarse a orillas del mar, así que conduciendo por los escasos 40 km que unen los dos centros, se tiene a un lado el oceano Atlantico y al otro montañas de arena anaranjada que se hacen cada vez más imponentes cuanto más se avanza.

Entre Swakopmund y Walvis Bay

Una vez llegados a Walvis Bay nos acercamos a su laguna, donde el agua del mar se queda estancada en un enorme remanso de la costa, de muy poca profundidad. Debido a sus características la laguna se ha convertido en uno de los lugares favoritos de flamingos blancos y rosas, que acuden en decenas de miles. Disfrutar del atardecer, mientras el potente sol africano se hunde en la bruma sobre el Atlantico, viendo como las plumas rosas de los flamingos juegan con los reflejos de las olas es un lujo que es difícil mejorar. Eso sí, nosotros lo intentamos, sentándonos a contemplar es espectáculo desde el techo de nuestro coche y saboreando una cerveza bien fresquita. 😉

Flamencos

Atardecer en Walvis Bay

La siguiente etapa de nuestro recorrido por Namibia era Sossusvlei, el corazón del desierto del Namib y hogar de las dunas de arena más antiguas y más altas del mundo. Para llegar allí desde Walvis Bay tuvimos que cruzar parte del Namib Naukluft National park, desierto puro y duro. Fue una experiencia inolvidable!

Cruzando el Namib

Para algunos los paisajes desérticos pueden llegar a ser aburridos, la cosa no cambia mucho, tienden a ser bastante monótonos…pero desde que hemos vuelto de un larguísimo viaje por países como Islandia, Canadá, Estados Unidos y Australia, donde en varias ocasiones nos topamos con cientos de kilometros de absolutamente NADA, nos hemos acostumbrado a lo desertico. Y en cierta medida, nos fascina; cruzarlos pasa de ser un aburrimiento a un viaje dentro del viaje.

Los espacios abiertos, el horizonte infinito y la monotonia del entorno hacen que la vista alcance mucho más allá de lo que estamos acostumbrados a ver; una vez te acostumbras a la enormidad del entorno, cualquier minimo cambio parece magia: una pequeña colina en el horizonte lejano, un animal que aparece como un espejismo entre las olas de calor que la arena y las piedras ardientes generan, un árbol solitario al lado de la carretera…todo se transforma en una gran sorpresa.

Desert

Así que imaginaros la sorpresa cuando el paisaje cambia repentinamente, dramáticamente, y de la nada total te ves forzado a pasar por un desfiladero, entre paredes de roca tostada por el sol, en lo que posiblemente, algún día, fue un río.

Kuiseb Pass

Justo antes de llegar a Sossusvlei, hay una especie de parada obligatoria en el camino, el “pueblo” Solitaire. Y digo “pueblo” porque realmente es poco mas que una estación de servicio, con unas pocas habitaciones para pasar la noche, un restaurante y una pastelería famosa por su tarta de manzana. Aparte de eso, hay muchos coches abandonados que los lugareños han transformado en algo así como esculturas post-apocalípticas al estilo Mad Max…eso sí, con un poco mas de toque de color, que esto es Africa! 😉

Solitaire

Sossusvlei es sin duda uno de los parajes naturales más espectaculares que hayamos visto nunca durante nuestros viajes. Llegamos al campamento, a la entrada del parque nacional, poco antes del atardecer, así que pudimos disfrutar de la puesta de sol el primer día y del amanecer el segundo. Por mucho que uno vea fotos de este lugar, no hay manera de prepararse para el impacto que produce la vista de esas inmensas dunas y de los colores que la luz cambiante del sol consigue sacar de ellas.

Atardecer en Sesriem

Si el atardecer fue espectacular, el amanecer desde la cima de la Duna 45, al día siguiente, fue verdaderamente epico. Ver el sol bañar ese mar de arena y despertarlo poco a poco no puede dejar indiferente a nadie, es pura magia. Y no termina allí.

Amanecer en Sossusvlei

A unos 60 kilómetros del campamento, se encuentran estos valles, o vlei, antiguos lechos de lagos estacionales hoy reducidos a explanadas de tierra reseca y agrietada, rodeados de altísimas dunas de fina arena rojiza. Uno de ellos, el Dead Vlei, es quizás uno de los parajes más conocidos de Namibia, sujeto de miles de postales y carteles de propaganda turistica del país. Del Vlei color ocre emergen esqueletos de arboles ennegrecidos por el sol y el calor, cuyas formas espectrales resaltan contra el fondo naranja de las dunas. Justo aquí, en este rincón de parque nacional de Namib Naukluft, se levanta la duna más alta del desierto, Big Daddy, con sus mas de 390 metros de altura desde el fondo del  Vlei. Llegamos a subir hasta su cima y el esfuerzo que aquello requiere queda completamente recompensado por la majestuosidad de las vistas que esa altura regala a los escaladores.

Namib Naukluft Park

Dead Vlei

Cerca de Sossusvlei hay otro parque, el Naukluftberge, que queda algo al margen de las rutas turísticas principales, pero que es muy visitado por los amantes de las excursiones en el monte. Allí decidimos pasar una noche y sacara nuestras ganas de patear libres por la naturaleza sin el riesgo de ser devorados. No conseguimos completar el trekking de 17 kilometros que nos habíamos planteado porque nos perdimos, pero lo poco que vimos de esos montes mereció mucho la pena (incluida una pata de kudu en el medio del camino, que nos hizo dudar de si no estábamos siendo observados por algún leopardo escondido entre los arboles…).

Naukluftberge

Kudu, Naukluftberge

La última etapa del viaje fue el Fish River Canyon, en el sur del país, cerca de la frontera con Sudafrica. Quedaba muy alejado de Windhoek, pero nuestra guía no dejaba de pintarlo como una de las joyas escondidas de Africa, un paisaje único por su naturaleza y por su belleza…y decidimos arriesgarnos para pasar dos noches allí. El miedo que teníamos es que, después de la panzada de cañones que nos dimos en EEUU el año anterior, incluido el Grand Canyon, este, que parecía ser el hermano menor del de Arizona, nos pudiera decepcionar. Nada más lejos de la realidad. Es verdad que el Grand Canyon de Arizona es más grande y tiene una paleta de colores más variada, pero el Fish River Canyon es una absoluta belleza. Son en realidad dos cañones, uno dentro de otro, el primero cavado por dramáticos movimientos telúricos y el segundo por la paciente e incasable acción de las aguas del Fish River. No es ni tan largo como el del rio Colorado, ni tan profundo, pero sí igual de ancho…y lo mejor de todo es que a diferencia de su hermano mayor, desde cualquier punto de sus bordes se puede ver el rió en sus profundidades, continuando a plasmar un paisaje que se formó alrededor de hace 2000 millones de años. Es, en efecto, el segundo cañon más grande del mundo, y lo disfrutamos prácticamente solos, acompañados por unos pocos turistas esporádicos y algunos babuinos.

Ai-Ais, Fish River Canyon

Fish River Canyon

El viaje concluyó donde empezó, en Windhoek, donde nos concedimos otro banquete a base de carne de caza local (no recuerdo que haya probado recientemente que me haya gustado tanto como ese chuletón de cebra….los leones definitivamente saben lo suyo en cuanto a comida). Al día siguiente devolvimos nuestro Land Cruiser (me dolió en el alma) y nos embarcamos en el vuelo de vuelta a España con los ojos aún llenos de todas las maravillas que Namibia nos había regalado. Aún hoy, si cierro los ojos y pienso en ese viaje, se me ponen los pelos de punta. Adiós Africa, y sin duda alguna, hasta otra.

El super coche

 

ETAPAS

7/11: Windhoek

8/11 – 11/11: Etosha National Park

11/11 – 12/11: Skeleton Coast, Swakopmund y Walvis Bay

13/11 – 15/11: Namib Naukluft National Park y Naukluft Berge

16/11 – 18/11: Fish River Canyon y vuelta a Windhoek.

mapa-namibia

Anuncios